La crisis, en primera persona
Eran tiempos movidos. Estaba en proceso de cambiar de residencia, mis hijos entraban en la adolescencia, y estaba trabajando muchas horas bajo una fuerte presión. Había cumplido los 40. A esa edad descubres que la vida pasa muy deprisa, que muchos de tus sueños fueron aparcados para dedicarte a los hijos y a la familia, y ahora están obsoletos; que la vitalidad y energía física no son inagotables….y me sentía sola, con falta de una amistad femenina cercana.
En esas circunstancias conocí a una mujer de mi misma edad y nacionalidad que vivía solo a 200 Km de mi ciudad. Fue un acto de magia y una verdadera bendición. Nos escribíamos casi a diario por correo electrónico y cuanto más compartíamos, más puntos en común encontrábamos. Sin apenas darme cuenta se afianzaron en mi corazón la esperanza, las expectativas y mucho amor por esta persona. Al principio todo fue gozo y una alegría tremenda, me sentía exuberante: era como ser de nuevo una quinceañeras y estar todo el día de confidencias con la amiga del alma. Pensé que me encontraba vital y llena de vida: trabajaba más que nunca y escribía como una loca , rebosaba en creatividad. Sin embargo, con el paso de los meses, empecé a notar un elemento de desazón, y de dependencia preocupante. Me pasaba demasiado tiempo ensimismada o pendiente del e-mail para ver si había escrito o no.
Quién sabe si como causa o como efecto, empecé a experimentar serios problemas gastrointestinales y por primera vez, me enfrenté al miedo a la enfermedad, a la mortalidad y a la vejez. Aunque tuve en todo momento el apoyo incondicional de mis hermanas y compañero, ante mi gran sorpresa, me encontraba una y otra vez buscando el apoyo de mi amiga, quien inmersa en sus propias circunstancias personales, estaba lejos de saber lo que me sucedía, pues ni yo misma lo sabía. Me inundaba la pena y la angustia, además del resentimiento y una sensación de haber sido abandonada. Todos estos factores me sumieron en una caída vertiginosa. Perdí mucho peso, padecía taquicardias y la ansiedad se convirtio en la tónica del día. Un día, la situación llego a tal extremo que pensé que estaba sufriendo una apoplejía. En vista de que ni las visitas al naturópata ni al médico funcionaban, busqué modos alternativos de salir de esta “crisis” que duraba más de un año. El viaje chamánico ya había dado buenos resultados antes.
Preparación para el viaje
¿Cómo puedo curarme? Esa fue la pregunta con la que se acercó al viaje. Sabía que necesitaba curación tanto física como psíquicamente. Debía aplicar disciplina mental y a la vez dejar libre la imaginación. Hasta ahora, no hacia más que darle vueltas a lo mismo, usando los mismos razonamientos que no llevaban a ninguna parte. Necesitaba vaciar la mente para que algo nuevo y diferente pudiese entrar en ella y le ayudase en el proceso.
Antes de iniciar el viaje, se preparó para el ritual. Se duchó, cambió de ropa, recogió un par de objetos “mágicos”, el shawl que sólo utiliza para situaciones especiales, y realizó algunos estiramientos y ejercicios respiratorios para preparar la mente y el cuerpo.
Los preparativos son tan importantes como el propio ritual. Su función es prepararnos para entrar en un estado interno de silencio, relajación y apertura ante lo que está por venir. Para ello, es bueno dejar hacer a nuestro lado inconsciente e intuitivo, que no entiende de rigidez ni sentido del ridículo: nos rodeamos de cosas bellas, usamos perfume, seguimos nuestras corazonadas respecto a qué vestir, y qué hacer; en suma, dejamos volar la imaginación. Para sacar provecho de un viaje chamánico tenemos que integrar ambas partes de nuestro ser: la parte racional y la intuitiva, la sobriedad y el juego, el corazón y la mente, la receptividad y la acción. Al crear un puente entre ambas, la imaginación sirve para entrar en el mundo del alma y volver de allí con enseñanzas valiosas para la vida cotidiana.
Tras los preparativos, se tumbó cómodamente en el suelo, se relajó respirando profundamente y el tambor inició su ritmo constante, parecido al latir del corazón. Todo viaje chamánico sigue un procedimiento similar. El tambor sirve de guía y conexión con el mundo físico, al tiempo que su sonido pone a la mente en un estado especial de receptividad y relajación. Una vez relajada, se entra en un túnel bajo tierra que conduce al “otro mundo“. El proceso supone una delicada mezcla de imaginación guiada y dejarse ir, como si estuviésemos viendo una película en la pantalla de la mente; no puedes abandonar el cine ni apagar la pantalla, pero no controlas ni manipulas lo que aparece en la pantalla. …
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Shamanism has been traditionally described as linking the seen world we know, which don Juan Matus called the first attention, and an unseen world, which he called the second attention. A shaman, he said learns to navigate both worlds with sobriety and cohesion. And a key element of this endeavor, he maintained, is a conscious and loving relationship with the Earth.



