Crisis e imaginación (I)


Todo el mundo atraviesa una crisis en una época u otra de su vida. Las hay para todos los gustos y edades: crisis quinceañera, crisis de los 40, crisis existencial….
Cuando vemos a alguien sumergido en una de ellas, solemos decir con ligereza e incluso con humor: “¡No te preocupes, ya se te pasará, sólo se trata de la crisis de los 40!”. Si vemos a nuestro hijo adolescente deprimido sonreímos y nos decimos ” no hay que preocuparse, es sólo una crisis de identidad”. Y es cierto: la mejor cura es la confianza en nuestra capacidad para superarla y verla en perspectiva, sirve de ancla para
navegar la angustia interna y el dolor que siente la persona.
No obstante, aunque nuestra mente consciente sea capaz de reconocer el proceso, muchas veces no basta para que desaparez
ca la pena o la ansiedad que sentimos. Durante una crisis, por definición, no tenemos control sobre las emociones: sentimos pánico y decirnos que es una niñería, no lo elimina; nos sentimos tristes y saber que no hay razón real para ello, no nos hace sentirnos mejor. En estas circunstancias la mente racional es inútil, pero eso no quiere decir que estemos indefensos, y la única solución sea tomar antidepresivos o ansiolíticos; simplemente necesitamos emplear otro tipo de estrategias. Una de las más asequibles y útiles es la imaginación.
Las emociones y los sentimientos hablan un lenguaje que nada tiene que ver con la lógica y el comportamiento “adulto”. Se alimentan de imágenes, sensaciones, intenciones y fantasía. ¿Quién no ha sentido tristeza inmediata ante el gesto indiferente de un amigo? ¿Cuántas veces nos hemos sentido irritables ante el llanto de un niño aunque supiésemos que lo que necesitamos es paciencia? En circunstancias normales, la mente racional y adulta toma el mando, suprime el impulso instintivo de gritarle al niño y corremos a consolarlo; esa templanza de las emociones es parte del proceso de maduración del ser humano. Pero otras veces, la madre pierde la paciencia una y otra vez y no tiene fuerza para controlar su conducta. La clave para salir de ese atolladero estriba, posiblemente, en reconocer que que el “control” es una obsesión de la mente racional y cuando nos empeñamos en poner orden en las emociones, controlarlas o suprimirlas, éstas se rebelan y sólo se empeora la situación. Las emociones surgen del subconsciente y como ya hemos dicho antes, nuestro ser emocional, el alma, se rige por otras reglas, mucho más fluidas y difusas, en las que el juego, la imaginación y la fantasía son los protagonistas.

La tradición chamánica tiene mucho que aportarrnos en ese campo y conoce muy bien el poder de la imaginación. Ha desarrollado técnicas muy eficaces para establecer contacto con esa parte nuestra que escapa a la mente racional. Una de esas técnicas es el viaje chamánico y aquí voy a relatar un caso real, pero por cuestiones de confidencialidad cambiamos el nombre de la persona. Dejamos que hable a la protagonista.
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