Ritual y Duelo


Vivimos rodeados de noticias desastrosas: guerras, matanzas, sequía, cambio climático, violaciones… En el entorno familiar no faltan tampoco las experiencias dolorosas: divorcios, padres ancianos con Alzheimer, hijos con depresión o muy rebeldes, cáncer en la familia, hermanos o compañeros con crisis de ansiedad, enfermedades crónicas… Y sin embargo, y algunos dirían que tal vez por eso, la sociedad y, hasta nosotros mismos, nos exigimos continuamente optimismo, alegría, una actitud positiva.

El tipo de sociedad en la que nos ha tocado vivir, con el bombardeo continuo de malas noticias por una parte, y la venta de un mundo “mágico” donde la felicidad absoluta y el ocio permanente son la meta, nos fuerza a llevar una doble vida, siguiendo fielmente el dictado tan castizo de “la procesión se lleva por dentro” o “al mal tiempo buena cara”. A veces, es una máscara que llevamos por miedo a no volver a levantarnos, a que nos acusen de morbosos y pesimistas, a que atraigamos más desgracias, o a que contagiemos con nuestro pesar a los seres queridos; pero sob
retodo, “damos la talla” todo el tiempo porque es difícil encontrar el espacio y el tiempo para “descargarnos” de los sentimientos “negativos”, como la desazón, la frustración, la pena….. Y sin embargo, descargarnos de vez en cuando es esencial para nuestra salud emocional y psíquica. Nuestros antepasados eran muy conscientes de esta necesidad; los psicólogos lo empiezan a redescubrir: lo patológico no es el dolor ni la pena, ni la tristeza, ni todas esas otras “emociones negativas”; lo que es disfuncional es su represión y negación, porque acaban transformándose en fuerzas descontroladas de agresividad, indefensión, depresión, victivismo o somatización.

En los últimos años, los psicólogos clínicos se han percatado de la importancia del periodo de duelo: sentir la pérdida, permite a la persona volver a la vida de forma plena, mientras que las personas que no logran pasar por ese proceso, nunca acaban de recobrar las ganas de vivir ni la vitalidad. Por duelo, entendemos la constelación de emociones, sensaciones y pensamientos que surgen ante una pérdida, ya sea de un ser querido, de un amor, de una amistad, de la salud, de un hijo que se hace mayor, de confianza en uno mismo, de seguridad ciudadana, de libertad…. Es un concepto muy amplio.

Cuando la situación de pérdida no se expresa, se vuelve crónica y experimentamos apatía o falta de motivación, rabia descontrolada, hiperactividad, miedos irracionales o ansiedad, pérdidas de energía o una irremediable necesidad de llorar o gritar que no logramos explicar. Según Malidoma Somé un chamán de la tradición Dagara de África Occidental, que ha difundido en occidente la función curativa de los rituales, estas conductas pueden a veces ser debidas a que ahogamos el llamado de la psique de vivir el duelo de forma abierta, con el apoyo y la presencia de otros. Todos, en un momento dado, necesitamos expresar a través del cuerpo, fuera del yugo de la razón, los sentimientos que ciertas situaciones despiertan en nuestras vidas. La psique lo exige así y, si no se expresan, nos envenenan.

Pero ¿cómo hacerlo sin dañar a otros o a nosotros mismos?, ¿sin caer en la desesperación o el pesimismo? ¿sin poner en peligro la estabilidad de nuestras vidas? Ciertos rituales, como el ritual de agua en la tradición Dagara, constituyen un receptáculo seguro para que la psique exprese el sentimiento de pérdida. Muchos ignoran que, curiosamente, la curación se inicia por el mero hecho de reconocer y expresar la pérdida, cada uno a su manera: en ese mismo instante se libera toda la energía atrapada en su represión y ocultamiento y vuelve a estar a nuestra disposición, a la disposición de la vida. Es parte del fantástico misterio…

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