un viaje chamánico (III)

El viaje

“En esta ocasión, estuve en el túnel mucho tiempo y parecía no haber salida. Por fin vi luz y salí a una especie de prado con hierba bastante amarillenta y larga, sin que nada más entrase en mi campo de visión. La imagen era bastante borrosa y carecía de la nitidez de otros viajes. Creí que no iba a pasar nada, pero me propuse no desviar la atención y desterré los pensamientos intrusos. Volví a concentrarme en el prado. Después de un tiempo, sentí una presencia a mi derecha, al principio no podía ver nada, pero seguí centrada, relajada y abierta a esa presencia, hasta que por fin vislumbré allí una mujer anciana, muy vieja y curtida por el sol, con rasgos fuertes.

Me miró sin decir nada, pero su mirada transmitía un “ya lo sé” tan cargado de significado que las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos. En la visión lloraba acurrucada en sus brazos; en mi cuerpo físico, las lágrimas rodaban silenciosas por mis mejillas. Su mirada encerraba comprensión absoluta, conocía a la perfección lo que sucedía en mi interior y al verlo en sus ojos yo también lo supe: Soledad, la tremenda soledad de todo ser humano, la angustia de no sentirse comprendida. El llanto era más que nada de alivio, de poder finalmente abandonarme, porque estaba con alguien que sabía el verdadero significado de esas lágrimas, sin sentirse incómoda por ellas, sin buscar consolarme, ni justificarlas, sin sentir pena o compasión por mí; sino ese raro estado de profunda compenetración y comprensión lleno de un amor y apertura del corazón. Abandono total ante la angustia humana, ante algo que no puede cambiarse, salvo a través de su aceptación, pues en ese momento me sentí querida y conectada.

En esos momentos me di cuenta de que esa sensación de soledad y falta de comprensión siempre han estado conmigo; aparece y desaparece, pero siempre vuelve, son parte de mi bagaje en esta vida (es probable que todos la sintamos con más o menos intensidad). Volví a alzar la mirada hacia la anciana. En el rostro de aquella mujer había ante todo sabiduría, compasión y amor. No había barreras ni separación con ella, la soledad era imposible porque su mirada transmitía la paz de alguien que sabe con certeza que la separación es una ilusión, que todos somos parte del todo y por tanto, nunca estamos solos. En ese momento me di cuenta de algo que me dejó atónita: ¡La anciana era yo misma!. Me miró con complicidad y su sabia sonrisa confirmo mi descubrimiento.

Me sentía mucho mejor y más reposada, como si me hubiese quitado un gran peso de encima. Me sentía ligera y rehecha.
Seguí caminando por el prado un poco más. Estaba bastante marchito y el cielo estaba un tanto nublado, pero no sucedió nada más significativo. El prado era una perfecta imagen de mi estado de animo: marchito y sin sol.

Al poco, el tambor hizo su llamada de retorno, me di media vuelta y me encaminé de nuevo hacia el túnel. Tras un tiempo de reconstrucción abrí poco a poco los ojos. Habían transcurrido 20 minutos. “


Reflexiones..

Me inundó de nuevo una tremenda soledad, pero esta vez había un pequeño atisbo de conciencia que me hizo sentirla de otra manera: mi soledad era en parte auto-inducida pues al centrarme con tanta insistencia en que la relación con mi amiga madurase me había cegado al apoyo y amor que me brindaban los que estaban a mi alrededor.

Lo cierto es que nada ni nadie puede destruir la soledad totalmente, porque es innata a la existencia humana. En esos momentos comprendí que esa soledad es sólo otro aspecto del anhelo espiritual que tan bien describe San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual donde nos habla del viaje del alma en busca del Amado. El anhelo es bueno pues nos incita a vivir, a seguir caminando, a no sentirnos satisfechos a buscar la conexión con la vida, con el aspecto espiritual que todos llevamos dentro. La soledad es una ilusión, una interpretación errónea de ese anhelo intrínsico del ser humano.

Nos empeñamos en que otras personas llenen el vacío – la soledad- que llevamos dentro, pero lo cierto es que somos nosotros los que nos aislamos de los demás y de la vida; como en este viaje, sólo nosotros podemos darnos consuelo y transformar ese vacío en lo que realmente es: el impulso del alma por encontrar conexión y amor, no ya con otro ser humano sino con el verdadero Amado, el Espíritu, el Todo, la Vida, el verdadero Ser. El anhelo nos ayuda a enamorarnos de la vida, a vivir y verlo todo con la claridad, la apertura y el gozo del enamorado. Muchas veces es necesario sentir el desamor y el abandono de otra persona para descubrir que no estamos tan solos, que el amor y la conexión nos rodean. Sólo tenemos que mirar del modo correcto: hacia dentro. Allí, desde el silencio interno y la escucha, descubrimos que siempre están con nosotros, que son un estado de ser, paradójicamente independiente de las circunstancias externas.


© anakhaly, LFS

Escribe un comentario